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Guelaguetza

la historia que casi nadie conoce sobre la fiesta más grande de Oaxaca

Por la Redacción de Oaxacología

Cada julio, el Cerro del Fortín se convierte en el escenario de una de las celebraciones culturales más importantes de América Latina. Miles de personas llegan desde distintos rincones del mundo para presenciar un espectáculo de música, danza, color y tradición que ha dado identidad internacional a Oaxaca. Sin embargo, detrás de los trajes bordados, las chilenas, los sones, los jarabes y las canastas lanzadas al público, existe una pregunta que pocos se detienen a responder:

¿Cuál es el verdadero origen de la Guelaguetza?

La respuesta no es sencilla. Tampoco cabe en una versión romántica que afirme que todo comenzó hace miles de años ni en otra que sostenga que la fiesta nació únicamente en 1932. La historia demuestra que la Guelaguetza es el resultado de siglos de transformaciones culturales, religiosas y sociales que terminaron dando forma a la celebración que hoy conoce el mundo.

Mucho antes del espectáculo existía la guelaguetza

 

Antes de convertirse en un festival internacional, la guelaguetza era una forma de entender la vida.

La palabra proviene del zapoteco guendalizaa y puede traducirse como ofrenda, ayuda mutua, cooperación o reciprocidad. No hacía referencia a una danza ni a una fiesta, sino a un principio comunitario profundamente arraigado en los pueblos originarios de Oaxaca.

Cuando una familia organizaba una boda, un bautizo, una mayordomía o enfrentaba una necesidad, vecinos y familiares contribuían con alimentos, trabajo, animales, mezcal, dinero o productos del campo. Esa ayuda no era un regalo gratuito: generaba un compromiso moral que sería correspondido cuando quien había recibido el apoyo tuviera la oportunidad de devolverlo.

Esa práctica continúa vigente en numerosas comunidades indígenas y constituye uno de los pilares de la comunalidad oaxaqueña.

El Cerro del Fortín antes de la conquista

 

Mucho antes de que existiera un auditorio y graderías, el Cerro del Fortín era un espacio ceremonial.

Diversos cronistas e investigadores sostienen que en este lugar se realizaban ceremonias agrícolas relacionadas con el ciclo del maíz y las lluvias. La tradición popular señala que allí se rendía culto a Centéotl, deidad del maíz, aunque otros especialistas advierten que la evidencia histórica disponible no permite asegurar con absoluta certeza cómo eran esos rituales ni su continuidad directa con la fiesta actual.

Lo que sí parece claro es que el cerro era un sitio de reunión comunitaria mucho antes de la llegada de los españoles.

La transformación durante la época colonial

 

Con la conquista cambió también la manera de celebrar.

 

Los antiguos rituales indígenas fueron sustituidos o integrados a las festividades católicas impulsadas por las órdenes religiosas. En las faldas del cerro se construyó el templo del Carmen Alto y las celebraciones comenzaron a girar alrededor de la festividad de la Virgen del Carmen, cada 16 de julio.

Después de los actos religiosos, la población acudía al cerro para convivir, comerciar, escuchar música y disfrutar de una verbena popular. Así nacieron los célebres Lunes del Cerro, una tradición colonial que sobrevivió durante siglos y que terminó convirtiéndose en el marco perfecto para la futura Guelaguetza.

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1932: el año que cambió la historia

 

La Guelaguetza que hoy conocemos nació oficialmente en un contexto muy distinto.

 

En 1932, Oaxaca celebraba los cuatrocientos años de haber recibido el título de ciudad por la Corona española. Apenas un año antes, un fuerte terremoto había dejado importantes daños materiales y existía la necesidad de revitalizar la economía y fortalecer la identidad regional.

El gobierno estatal organizó entonces un gran espectáculo denominado Homenaje Racial, en el que participaron delegaciones de las entonces siete regiones del estado mostrando sus bailes, música, vestimenta y tradiciones.

La respuesta del público fue extraordinaria.

Aquella representación teatral y folclórica fue tan exitosa que comenzó a repetirse en los años posteriores hasta convertirse en el evento central de los Lunes del Cerro. Con el tiempo, el nombre de "Guelaguetza", tomado del antiguo concepto zapoteco de reciprocidad, terminó identificando a toda la celebración.

Una fiesta que nunca dejó de transformarse

 

La Guelaguetza no surgió terminada.

Durante las décadas siguientes fueron incorporándose elementos que hoy parecen inseparables de la tradición: la elección de la representante de la Diosa Centéotl, la participación creciente de las ocho regiones del estado, la entrega de productos al público como símbolo de abundancia y reciprocidad, las calendas, los desfiles, la Feria del Mezcal y numerosos encuentros culturales.

Con la inauguración del Auditorio Guelaguetza en 1974, la celebración adquirió el escenario monumental que hoy la distingue y consolidó su proyección internacional.

¿Tradición milenaria o creación moderna?

 

Uno de los debates más interesantes entre historiadores y antropólogos gira precisamente alrededor de esta pregunta.

La narrativa institucional suele presentar a la Guelaguetza como una celebración de origen prehispánico vinculada directamente con los rituales dedicados a Centéotl.

Sin embargo, diversas investigaciones sostienen que el espectáculo contemporáneo es una construcción cultural del siglo XX, inspirada en tradiciones mucho más antiguas, pero organizada bajo un proyecto de identidad regional surgido después de la Revolución Mexicana.

Ambas posturas no son necesariamente contradictorias.

La fiesta actual reúne elementos indígenas, coloniales y modernos. Su fuerza radica precisamente en esa capacidad para integrar siglos de historia en un solo escenario.

Mucho más que un espectáculo turístico

 

Reducir la Guelaguetza a un evento folclórico sería desconocer su verdadero significado.

Cada delegación lleva consigo la memoria de su comunidad. Cada danza conserva una historia local. Cada huipil, cada son, cada jarabe y cada chilena representan siglos de identidad colectiva.

Cuando los bailarines lanzan frutas, pan, café, mezcal o artesanías al público, no están repartiendo souvenirs. Están reproduciendo, de manera simbólica, el antiguo principio zapoteco que dio nombre a la fiesta: compartir para fortalecer a la comunidad.

Ese gesto sencillo resume una filosofía que ha sobrevivido conquistas, terremotos, revoluciones y cambios políticos.

Quizá por eso la Guelaguetza continúa emocionando a quienes la observan. Porque detrás del espectáculo existe algo mucho más profundo: la convicción de que una comunidad sólo prospera cuando sabe dar, recibir y corresponder.

En un mundo cada vez más individualista, esa antigua lección oaxaqueña conserva una vigencia extraordinaria.

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